Crítica de Jurassic World: El reino caído

Juan Antonio Bayona, autor de El orfanato, Lo imposible y Un monstruo viene a verme, se pasa a Hollywood con el último capítulo de la saga de dinosaurios iniciada en 1993 por Steven Spielberg, que continúa aquí como productor ejecutivo. El resultado cumple las expectativas de producto veraniego de acción tan entretenido como carente de alma.

JURASSIC WORLD: EL REINO CAÍDO de Juan Antonio Bayona

Tras haber recogido de Alejandro Amenábar el testigo de director estrella que bate récords de taquilla en el cine español, Juan Antonio Bayona da el salto a Hollywood de la mano del mismísimo Steven Spielberg, que ha confiado en él para continuar la saga de Parque Jurásico. El tiempo dirá si nuestro cine lo ha perdido de forma definitiva o solo temporal, y si la nueva trilogía jurásica forma parte de la nostalgia de los años 90, que habría originado también la secuela tardía de Jumanji o la vuelta en la pequeña pantalla de Expediente X, o si los dinosaurios han pasado a la lista de franquicias perennes de Hollywood junto a Batman o Star wars.

Bayona se habrá encontrado con algo que no habrá sido ninguna sorpresa para él como profesional buen conocedor del medio, como es el rol muy diferente que tiene el director de una película en el cine europeo y en el norteamericano. Acostumbrado a ser autor y responsable de cada aspecto de la película con control casi absoluto, ha pasado a ser una pieza del engranaje gigantesco de un proyecto como Jurassic park, y no la principal. La mayor parte de secuencias de la película son digitales y probablemente el director no tenga mucho poder de decisión sobre ellas, ni su opinión sea vinculante durante el montaje. Su labor suele centrarse en la parte de rodaje convencional, es decir, no virtual, con los actores, que desde luego no son el punto fuerte de esta película. Los protagonistas, Chris Pratt y Bryce Dallas Howard, carecen de la más mínima expresividad y sus caras y cuerpos perfectos diseñados en el gimnasio y el quirófano no resultan más auténticos ni humanos que los efectos digitales. Es cierto que el paupérrimo y maniqueo diseño de personajes del guión, que los limita a muñecos que corren sin parar de un lado a otro o a villanos de cartón piedra, no requiere de mayores habilidades dramáticas. Las dos breves escenas en las que aparece Jeff Goldblum, el matemático que representa la continuidad de la saga y que desde la primera película de la misma repite el papel de pepito grillo que enuncia la moraleja de la historia, son las únicas que contienen un mínimo de algo que se pueda calificar de interpretación.

Mucho ruido (digital) y pocas nueces

Queda claro, por si alguien tenía  alguna duda al respecto, que Jurassic World: El reino caído no trasciende en absoluto su condición de producto de entretenimiento veraniego y que sigue en la línea de los capítulos anteriores: persecuciones por parte de dinosaurios hambrientos y salvación milagrosa en el último momento; el esquema se va repitiendo en diferentes escenarios y no cambiaría gran cosa si en lugar de animales prehistóricos se tratara de cualquier otro monstruo animal, humano o extraterrestre. La dimensión de ciencia-ficción que podría haber tenido la historia se diluye, y es una pena que no se saque ningún partido a la inevitable niña del relato, que casi desde el principio se intuye que es también producto de la ingeniería genética, una idea que podría haber dado mucho juego.

Aunque no existan trazas de un conflicto dramático en los personajes, esto no impide que las escenas estén bien resueltas y se haya construido un arco narrativo mínimo con diferentes escenarios: en primer lugar la famosa isla Nublar, en plena destrucción a causa de una erupción volcánica, y luego la mansión familiar del millonario patrocinador de la resurrección de los dinosaurios, donde se desarrollan el segundo y tercer acto. La producción, por lo tanto, salva los muebles y cumple con lo mínimo. Actualiza además la filosofía ya caduca de las primeras entregas de la saga, que seguían la idea clásica judeocristiana de lo peligroso que puede ser el desarrollo científico cuando el hombre quiere emular a Dios, sin ningún interés en los animales ni empatía con estos, para reemplazarla por un discurso animalista, prociencia y antiélites mucho más acorde con los tiempos: solamente los animales artificiales producto de la manipulación genética son malvados y deben ser exterminados, y el desarrollo científico no es problemático si sigue intereses generales, es cuando sirve a la codicia de una minoría cuando puede ser peligroso.

Por lo tanto, la última entrega de la saga Jurassic Park mantiene las constantes de la serie actualizando el discurso ético y moral de la misma y constituye un entretenimiento eficaz de persecuciones y efectos especiales, aunque desde luego no se pueden pedir peras al olmo: los personajes son unidimensionales, no existe conflicto dramático alguno ni se explotan las posibilidades del argumento. Que solo algún despistado clasifique a la saga como ciencia-ficción, y que la práctica totalidad de espectadores y críticos considere acción y aventura sin más a películas que hablan de dinosaurios resucitados y clonación genética, dice mucho.

Tráiler de Jurassic World: El reino caído en castellano