Crítica de Yo, Frankenstein

Es cierto que existen películas para públicos específicos, con un target bien segmentado. Quizás aquí, en Yo, Frankenstein, se sientan más atraídos, o seducidos, todos aquellos que comulguen o se identifiquen con proyecciones del estilo de la saga de Underworld, en la que precisamente Kevin Grevioux tomó partido en la elaboración de su guión. Lo mismo ocurre aquí, en un producto que se basa en la novela gráfica del actor y guionista norteamericano cuya dirección corre a cargo de Stuart Beattie, en su segundo largometraje detrás de la cámara.

Difícil resulta describir la cinta sin recaer en calificaciones que funcionen como sinónimos de ridiculez. Y es que en Yo, Frankenstein parece que “vale todo”, sin importar a cuánto anacronismo se apele ni a qué cantidad de sucesos absurdos y disparatados se recurran. Porque, más allá de tratarse de una obra pertinente al género fantástico, existen determinados límites que incluso no se deberían sobrepasar para que, dentro de lo ilusorio y ficticio de la historia en sí, los eventos no se sientan tan descabellados.

El relato se ubica en una actualidad bastante peculiar, en donde todo tipo de seres se entremezclan y emergen con sus habilidades y destrezas que le son propias a cada cual, según su especie, por decirlo de algún modo. Demonios, gárgolas, humanos y un monstruo al que le estampan el nombre de Adam (Aaron Eckhart), nuestro protagonista, una creación desalmada de Victor Frankenstein. Adam es perseguido y acechado por quienes obran dentro del flanco malvado, un conjunto de secuaces demoníacos enviados por el Príncipe Naberius (Bill Nighy). Del otro lado, del de los “buenos” y en defensa-protección de la supervivencia humana, las gárgolas hacen su aporte a la hora de combatir utilizando todos aquellos recursos que tengan a su alcance.

Lamentablemente es más fácil mencionar los elementos negativos que posee Yo, Frankenstein puesto que se imponen con una supremacía visible sobre los componentes positivos. Las actuaciones son insulsas, pasan desapercibidas y ninguno de los integrantes del reparto logra sobreponerse o destacarse por sobre otro. Lógicamente no sería justo pedirle a Aaron Eckhart, la figura principal de la narración que, en su rol de “monstruo”, sea expresivo. El personaje que compone no lo requiere, pero tampoco ocasiona el mínimo grado de empatía con el espectador ni incita a que éste se sienta a gusto con lo que Adam le sugiere. Los efectos especiales, si bien no son para nada malos, tampoco se perciben impactantes ni mucho menos; de hecho se los invoca repetitivamente de un modo similar al de ciertos arcades o videojuegos.

La fotografía es atinada, apreciable, semejante a la citada Underworld, siendo este uno de los escasos ingredientes aromáticos de una receta bastante agria y desaborida para los paladares cinéfilos. Agradable acaba siendo que la película no se extienda innecesariamente en metraje, y dure menos de noventa minutos.

Puntuación Final:
1.5 / 5