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- Crítica de Salvajes


Crítica

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En 1993 Tony Scott cogía por los cuernos el primer guión de un chaval loco por el cine y rodaba la inolvidable Amor a quemarropa, una historia de amor en la que una joven pareja de marginales se metía en la boca del lobo del crimen por culpa del amor. Aquel guionista se llamaba Quentin Tarantino y la película, además de una grandiosa banda sonora, tenía un reparto irrepetible.

Un año después, Oliver Stone presentaba Asesinos Natos, irregular pero apasionante retrato de otra pareja del amor un poco más zumbada que dejaba un enorme reguero de sangre allá por donde pasaba.

Esas son las únicas conexiones de Stone con el dinamismo del film de acción, porque poco después llegarían dos películas formidables y más personales, Giro al infierno y Un domingo cualquiera, para terminar cayendo en un agujero negro de creatividad. Ni Alejandro Magno, ni W. ni World Trade Center o Wall Street 2 recuperaban al Oliver Stone más rabioso y desatado, que apuntaba a la reaparición con Salvajes, la adaptación de la novela del popular Don Winslow. Y tampoco.

Durante sus dos horas largas, Salvajes se presenta como una película colorista y llena de vitalidad, pero de mentirijillas. Salvajes tiene varios problemas, pero el principal es la falta de pasión por parte de un director que no ha sabido insuflar energía a una historia que podría haber sido un nuevo amor a quemarropa y termina jugando en medio de un desierto de referencias. Y eso que la cosa no empieza mal del todo, pero desde el primer minuto tenemos la sensación de que, además, será una película cobarde.

La cobardía de Stone se aprecia en la desgana de una película que nunca arranca, a pesar de los esfuerzos de John Travolta y Benicio Del Toro, los únicos miembros del reparto con un poco de dignidad y amor propio. El resto, encabezado por una Salma Hayek que está en otra película y a un trío protagonista que también se encuentra en una tercera película, deambula de esquina a esquina de la pantalla intentando saber qué hacer con una película rodada con el piloto automático de la apatía.

Nuestras sospechas sobre la cobardía del film se confirman en una resolución que, además de cobarde, es muy fea. Oliver Stone puede seguir esperando en el banquillo de los suplentes sentadito al lado de Tim Burton. Lo peor de una película titulada Salvajes es lo inofensiva que resulta.

 

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