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Crítica

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Quizás la mejor introducción para El cuento de la princesa Kaguya’ es citar estrofas de un aria de ‘Madame Butterfly’ de Puccini a modo de prólogo: “Un bello día veremos levantarse un hilo de humo en el extremo confín del mar. Y después aparece el navío, el barco es blanco. Entra en el puerto, truena su saludo”. Es la historia de una dama que espera mirando a la luna argenta.

Catorce años después de ‘Mis vecinos los Yamada’, el maestro de la animación japonesa, Isao Takahata, regresa para narrar uno de los cuentos populares más antiguos del Japón, el del cortador de bambú. Un honorable anciano cortador encuentra bajo el tallo de un bambú una flor que nace y de cuyo interior aparece una diminuta criatura. Se trata de la princesa de la luna. El hombre y su esposa, que nunca habían podido tener hijos, deciden educarla como si fuera su propia hija, reservando un futuro como tal con ayuda de lo que la propia naturaleza les proporciona.

Crítica de El cuento de la princesa Kaguya

El realizador, en sus últimas obras, dio un giro drástico en la animación japonesa dejando la exquisita perfección en el dibujo del que Studio Ghibli es baluarte para buscar la belleza del boceto, de la imperfección, como una vuelta a los orígenes. Con su anterior largometraje hizo el experimento y ahora con esta joya de orfebrería que presenta, el trazado ha evolucionado para convertir cada fotograma del filme en un homenaje a la pintura japonesa en sus diferentes épocas.

Nada más abrir el telón, la presentación recuerda al estilo yamato-e de la pintura japonesa clásica con cierta nostalgia se pasa al estilo imperante del filme que emana cierta reminiscencia a los monocromáticos en tinta del estilo sumi-e. Takahata evoca a lo bello de lo sencillo, de lo clásico, para recordar que la perla que muestra es un cuento popular, donde la complejidad de los personajes se evidencia por sus hechos más que por sus actitudes. Cierto que la princesa de la luz brillante contiene varios niveles de lectura pero el maestro actualiza el mensaje lo justo para evitar perder su esencia a lo añejo. De hecho, un largometraje de semejante destreza, prácticamente apartado de los cánones de la animación japonesa, no se ha visto hasta la fecha.

Crítica de El cuento de la princesa Kaguya

El veterano cineasta trae su experiencia en dirigir cuentos como ‘Heidi’, ‘Marco’ y, especialmente, ‘Ana de las Tejas Verdes’ para observar con respetuosa mirada adulta la aflicción de la infancia. En este tesoro animado se presenta a una heroína avocada a una otoñal melancolía que contrasta con la jubilosa primavera que evoca en sus tonalidades el film. Ese debate entre la alegría, la eterna nostalgia, el deseo de ser una mujer libre en una época equivocada provocan que se esté ante una protagonista alejada, incluso, de la filmografía habitual de Ghibli, incluyendo a películas tan importantes como ‘La princesa Mononoke’ y ‘El viaje de Chihiro’, de su colega y contemporáneo Hayao Miyazaki.

Su solemnidad evoca al tiempo perdido, al amor no correspondido, a la ofensa de la herida pero también a la hermosura de la naturaleza, a la confianza en el ser humano, a la redención del perdón. Y todo mostrado en una etérea y frágil protagonista que, gracias a su belleza visual, hace que puede compararse a obras maestras occidentales como ‘Blancanieves y los siete enanitos’ y ‘La bella durmiente’, en la que cada escena era arte en estado puro y una declaración de amor a la animación.

Crítica de El cuento de la princesa Kaguya

Takahata es un narrador como lo fueron Yasujirô Ozu o Kenji Mizoguchi. Si ‘La tumba de las luciérnagas’ fue el testimonio a favor de los derechos de los niños; ‘Recuerdos del ayer’, la oda a la añoranza y el paso del tiempo; ‘Pompoko’, una apuesta por las decadentes causas perdidas; y ‘Mis vecinos los Yamada’, un intermezzo para disfrutar de la cotidianeidad de la vida; ‘El cuento de la princesa Kaguya’ es la culminación de todo lo nombrado, el mejor testamento escrito en vida por un cineasta apasionado con su arte. Esta obra es caviar absolutamente, ambrosía para el paladar, un lienzo japonés que cobra vida en los equinoccios.

Cual ópera romántica, el relato clausura formando un círculo marcado por la desdicha. La dama trágica se despide envuelta entre cánticos, lamentos, alabanzas, tristeza, alegría y saudade; cual mariposa que vuela hacia la plateada noche. El telón se cierra y Studio Ghibli sella el fin de una etapa.

Valoración de 'El cuento de la princesa Kaguya'
  • Dirección
  • Animación
  • Guión
  • Música
  • Fotografía

Resumen

La culminación de toda una obra. Se trata de un vetusto retrato japonés que cobra vida, belleza en cada fotograma. Una obra maestra que significa el fin de una etapa en la animación.

5 / 5
Cinéfilos 4.4 (5 votos)
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