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- Crítica de Una cuestión de tiempo (2013)


Crítica

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No sé que pasa este año pero tenemos ciencia ficción hasta en las comedias románticas, y no es la primera vez, con “Un amor entre dos mundos” a principios de 2013.

Richard Curtis, quien triunfara como un auténtico titán del amor aterciopelado con “Love Actually” en 2003, vuelve con “Una cuestión de tiempo” al meloso género donde tan bien se maneja. Desde un primer momento, nuestros ojos se comenzarán a abrir como platos ante unos primeros quince minutos de metraje que nos harán creer que estamos ante una nueva comedia de Edgar Wright, ya no sólo por el montaje y la atracción por los barrios londinenses, sino por lo entrañable de los personajes que circulan por la pantalla.

Lamentablemente este espejismo de “master piece” no pasa de ahí, y nos adentramos en una comedia romántica de género pero con encanto y que llega a hacerse querer en según que momentos.

Tim Lake (Domhnall Gleeson) tiene la suerte de heredar una vieja costumbre familiar, que no es otra que tener la capacidad de retroceder en el tiempo. Gracias a esto todo le será más fácil para conquistar a Mary (Rachel McAdams), aunque a veces con consecuencias indeseadas.

Buen trabajo y buena química entre la pareja protagonista, con una Rachel McAdams que ya no sólo se encasilla en el género sino que también en los viajes temporales (“Más allá del tiempo”), y un Domnall Gleeson que sin ser la quintaesencia del adonis, sabe conjugar bien su encanto. Aunque los que verdaderamente roban el protagonismo en sus apariciones, convirtiéndose en amos y señores de la función, son algunos de los personajes secundarios. Fantástico una vez más, Bill Nighy como el perfecto padre que todos querríamos tener, Tom Hollander como un lunático artista que es una metralleta de repartir insultos, Lydia Wilson como una auténtica hiperactiva del karma y un Richard Cordery, con problemas mentales tan grandes como adorabilidad transmite.

“Una cuestión de tiempo” adolece sobre todo de una masiva reiteración de su premisa principal, con unos viajes temporales que llenan de demasiada previsibilidad cada situación, y sobre todo de una innecesaria duración de dos horas. Pese a todo, no es tan empalagosa como para tener que salir del cine corriendo a buscar insulina, y la amabilidad de su mensaje, su calidez y su cercanía le merecen una oportunidad.

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