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Crítica

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Khalil Gibran, autor de ‘El profeta’, dijo: “Cuando os separéis de un amigo no sufráis. Porque lo que más amáis en él, se aclarará en su ausencia, como la montaña es más clara desde el llano para el montañés”. Es la despedida de uno los grandes realizadores que ha tenido no sólo Francia, sino el mundo, Alain Resnais dijo adiós con ‘Amar, beber y cantar’, exhibida en la 64ª edición de la Berlinale, donde se llevó el premio FIPRESCI y el Alfred Bauer.

En la tranquila Yorkshire, en la campiña inglesa, los amigos de George Riley verán cómo sus vidas darán un vuelco ante la noticia de que a éste le quedan pocos meses de vida. Abatidos por la noticia, deciden pedirle que actúe con ellos en una obra de teatro para la compañía local. George, ilusionado, acepta, provocando una serie de malos entendidos y enredos que ninguno de los amigos se esperaba.

Crítica de Amar, beber y cantar

Uno de los emblemas de la nouvelle vague, de inmortales filmes como ‘Hiroshima, mon amour’, ‘El año pasado en Marienbad’, ‘La guerra ha terminado’ o ‘Muriel’, en esta última etapa de su filmografía ha conseguido cerrar un círculo sobre la muerte, el artista y el arte. Se trata de la tercera adaptación que hizo sobre una obra de teatro del británico Alan Ayckbourn tras ‘Smoking/No Smoking’ y ‘Asuntos privados en lugares públicos’. Y, como ya sucedió con su anterior filme, ‘Vous n’avez encoré rien vu’, Resnais vuelve a tomar prestado un teatro para dotarle a sus cintas de ese artificioso ambiente crudo en el que todo la carga narrativa radica en sus actores y es austeros decorados.

Decorados que en ‘Amar, beber y cantar’ están llenos de colores y luminosidad para contrastar con esa muerte anunciada, la del amigo que nunca llega aparecer en escena. Aquí lo que muestra el célebre director son a los parientes, los amigos, aquellos que serán los que realmente sienta la pérdida.

Como ya pasó en la nombrada ‘Vous n’avez encoré rien vu’, Resnais se tomó esta cinta como si fuese la última, cosa que ocurrió puesto que el cineasta murió al poco de exhibirse en Berlín, a los 91 años de edad. El realizador, dada la edad, hizo de sus últimas propuestas posibles testamentos. Ya pasó con ‘Las malas hierbas’ y también con el filme pronunciado a inicios de este párrafo. Se sabe que tras este ‘Amar, beber y cantar’ tenía en mente otro proyecto. Pero esta despedida no ha sido improvisada ni impostada. Más bien, se trata incluso de un testamento cinematográfico muy personal donde el cineasta se ríe por última vez de la muerte y saluda como de si un antiguo amigo se tratase.

Crítica de Amar, beber y cantar

Para este funeral seleccionan a grandes actores del país galo pero también a célebres que han trabajado y marcado su filmografía. Para ello cuenta con su propia esposa, la actriz Sabine Azéma; André Dussollier; Caroline Silhol, Hippolyte Girardot y Michel Vuillermoz. Junto a ellos Sandrine Kiberlain, que es la única que no había trabajado antes con el desaparecido cineasta.

Lleno de contrastes, con una tétrica muerte que debe ser vista como un último canto a la vida, provocando auténticos quebraderos de cabeza, pero… ¡cómo no dejarse comer el coco! ‘Amar, beber y cantar’ se convierte en un interesante ensayo visceral hecho con la mente y también con la pasión. Un último suspiro en el que una leyenda cierra una filmografía brillante. Una comedia ácida, que se tiñe de negro funeral, con muñeco de guiñol inclusive. El telón se cierra y con él toda una vida dedicada al séptimo arte.

Puntuación Final:
4.5 / 5 Valoración de Amar, beber y cantar - 4.5 sobre 5
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